El sistema es enorme, omnipresente y despiadado; tan blando por fuera, que se diría todo hecho de dulzura, que no haría daño a nadie. Sólo los espejos de oro de sus ojos son duros cual dos monedas recién acuñadas.
Lo dejo suelto y lo invade todo, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente "¿Sistema?", y me esquiva con un trotecillo alegre que parece que se burla de mí, en no sé qué cascabeleo ideal...
Arrasa con cuanto se le pone delante. Igual le gusta la muerte en Palestina, que el sistema financiero estadounidense, tan productivo en su tiempo; la frescura del Amazonas, con sus cristalinas gotitas de agua fresca...
Pero a ratos es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra... Cuando paso en él, día a día, a toda hora, los hombres del campo y la ciudad, vestidos de limpio o curtidos por la cotidianidad, no se detienen a mirarlo. Una voz de un enfermo replica:
— Tiene acero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
lunes, 26 de enero de 2009
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Estoy perplejo. Nunca habia leido un texto tan poetico hablando del sistema de organización humano. Sencillamente la versión no trosca me gusta más. Será cuestión de opciones.
ResponderEliminarTe felicito por el post.