En la actualidad es de conocimiento general la existencia del famoso Tea Party estadounidense. Este se compone de una variopinta mezcla de personas cuyos únicos puntos en común son evitar que Estados Unidos se conviertan en un Estado socialista y recuperar “América para los americanos” (sic).
Pero este no es un hecho aislado. La matanza en la isla de Utoya (Noruega) reflejó cómo la pasión homicida se desataba por Europa sin que las autoridades se percataran. En su esfuerzo por acabar con el terrorismo islámico, las naciones de Occidente han hecho a un lado las posibles amenazas que pueden provenir desde dentro de sus fronteras.
Es aquí donde llama la atención que aún países periféricos como Costa Rica no sean ajenos a esta realidad. En los últimos años han pululado líderes políticos que utilizan los centros de adoración como trampolín electoral. Atizan a sus votantes con la supuesta infalibilidad que les confiere su estatus de dirigentes religiosos. Aunque también hay representantes ajenos al ámbito de la fe, se ha generado una serie de enfrentamientos ideológicos y dogmáticos propios de épocas muy lejanas. Lo cierto es que dichas disputas deberían formar parte de los libros de historia en vez de la realidad del siglo XXI.
Como consecuencia, es común leer en las redes sociales comentarios netamente doctrinales para justificar los argumentos de otra naturaleza. Los componentes del “Partido del Café” citan indiscriminadamente la Biblia para probar tesis en temas tan diversos como: la confesionalidad del Estado, la fecundación in vitro, las uniones civiles entre personas del mismo sexo y, más recientemente, el voto de Costa Rica para el reconocimiento de Palestina.
Apunta el diario El Mundo que el Tea Party: “[…] tiene un componente emocional tan importante como el político, y que es resultado de los miedos e incertidumbre que generan la globalización, la crisis económica, y varios cambios sociales que vive el país”. Es evidente cómo este es un rasgo común entre la agrupación estadounidense y el movimiento tico, los cuales toman posiciones extremas que muchas veces riñen con los datos científicos disponibles.
Es así como se identifica la necesidad de que surjan líderes moderados legítimos que sirvan de contrapeso a este pequeño pero bullicioso grupo de fanáticos. Son ellos los responsables de acallar estas voces. De lo contrario, quienes buscan la adopción de políticas públicas modeladas según sus interpretaciones bíblicas estarían socavando los principios democráticos sobre los que yace el Estado costarricense. Las experiencias del pasado –el fascismo, especialmente; y el nazismo, en menor medida– demuestran cómo es mejor ser proactivos con esta clase de movimientos sociales en vez de actuar cuando la debacle ha ocurrido.
Por lo dicho anteriormente es que urjo a las distintas fuerzas conservadoras del país a que se muevan hasta sus bases. Ha llegado el momento de posicionarse hacia una agenda que, manteniendo sus valores, los modernice, les permita moderar el radicalismo y ofrecer propuestas basadas en la racionalidad.

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