sábado, 28 de febrero de 2009

La Media Docena - Políticos

Me encanta la forma en que este video se burla de la ñoñez con que los políticos se expresan. Me fascina en particular el hecho que hace mofa de la peor estupidez que, según mi parecer, existe en este contexto: el así llamado "lenguaje inclusivo".

¡Disfruten!

jueves, 19 de febrero de 2009

Homeopatía política y escudo humano

Por:
Raúl Marín

Como se sabe, la crisis del sector financiero que ha provocado la recesión mundial tiene como causa la ausencia de regulaciones en ese ámbito por parte de las “entidades prudenciales”. No obstante, en nuestro país se acude a la “flexibilización” laboral para, según se dice, repeler ese trance en el ámbito social, con el pretexto de la defensa de los trabajadores. Bajo esas premisas se presenta el gubernamental “Plan Escudo”.

Eso, que parece ser una peculiar homeopatía política -curar con base en el principio de la semejanza: la laxitud o inexistencia de reglas-, merece ser visto de cerca, porque parece más de lo mismo, propuesto por los mismos. Veamos:

Dice el presidente Arias en la presentación del citado plan: “Es preferible que por un corto período de tiempo (sic) dos personas realicen la mitad del trabajo y ganen la mitad del salario a que una de ella pierda su empleo para siempre”. Esa propuesta para reformar la legislación laboral -que llamaremos Escudo 1-, según lo afirma el Presidente, goza del “apoyo y del compromiso” del Partido Acción Ciudadana (PAC), y se hace a la par del impulso al proyecto de Ley n°16030 para “Actualizar las jornadas de trabajo excepcionales y resguardar los derechos de los trabajadores”, que ampliaría las jornadas laborales hasta doce horas diarias sin pago de las horas extraordinarias y que establece una jornada semanal de cuatro días con tres de descanso -que identificaremos como Escudo 2-. Esta iniciativa legislativa, originaria del Movimiento Libertario, es calificada por el mandatario como “modernización” de la legislación social y constituiría una “medida a largo plazo” (es decir, que los del PAC son simples compañeros de ruta o escuderos).

Aparte de las objeciones que ya formulamos a este proyecto de Ley (vid. “La ampliación de la jornada laboral”, Tribuna Democrática 6/1/09), merece la pena detenerse sobre el tema en el que habría consenso entre el Gobierno y el PAC -agrupación no siempre claramente abierta a las reivindicaciones laborales, pero sí muy cautivada por las curvas formales de índole económica-, basado en la afirmación de que más vale ganar la mitad del salario, que no percibirlo del todo -claro queda que se refieren a los obreros, trabajadores y campesinos de bajos salarios, los prescindibles, y que eso no concierne a los ejecutivos y altos empleados-.

Téngase presente que los salarios mínimos por disposición constitucional (art. 57) deben “procurar bienestar y existencia digna” al trabajador en consideración a su jornada normal; dicho en los términos del Código de Trabajo, tal remuneración debe cubrir al asalariado “las necesidades normales de su hogar en el orden material, moral y cultural” (art. 177). (Del tema también se ocupa el Convenio de la Organización Internacional del Trabajo, en vigor, “Sobre la fijación de salarios mínimos, 1970”, ratificado por Costa Rica el 8/6/79).

Recuérdese que los principios cristianos de justicia social son la fuente de nuestra legislación laboral (arts. 74 constitucional y 1° del Código de Trabajo), y, precisamente, según lo proclama la Encíclica sobre el Trabajo Humano, “el salario justo se convierte en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de todos modos, de su justo funcionamiento”. Y enfatiza: “Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro”. (Citas tomadas del sitio de web del Vaticano: www.vatican.va).

La propuesta de reforma (de 1÷2) es un abierto desafío a las normas constitucionales, internacionales y legales que tutelan la dignidad de los trabajadores, en armonía con los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.

Se propone, en el fondo, que la mitad de los recursos de una familia mediana y dignamente subsistente con el salario mínimo, sirvan para remunerar a otra unidad doméstica en aras de una quimérica “solidaridad”, que no es otra cosa que una patética duplicación de la pobreza (p×2).

Ese planteamiento (1÷2 = p×2) ultraja la inteligencia. ¿Por qué un asalariado tiene que renunciar a la mitad de su trabajo bajo la inminente amenaza de su pérdida del empleo, para que así pueda contratarse a otro durante la media jornada restante? No se ve la razón por la que si no trabajan dos en un mismo puesto, tal empleo se perdería. Lo que queda claro es el chantaje: o el trabajador renuncia a un medio tiempo o se le despide (¿otra larvada manifestación de la “estrategia del miedo?”). ¿Quién garantizaría que se contrate al nuevo servidor y que la renuncia del primero no sirva de coartada para continuar con una planilla disminuida, de manera que, más bien, el desempleo aumente media unidad?

Lo que sobre todo es palmario es que con la mitad de su salario un servidor con familia a cargo no puede hacerle frente a sus vitales necesidades, además, su capacidad de pago disminuida lo aleja del mundo crediticio y le enerva la del ahorro. Pero hay más: con el salario disminuido se afectan sus ingresos correspondientes al aguinaldo, sus cotizaciones para la jubilación; por su parte, las pensiones alimenticias forzosamente se disminuirían al menos en la mitad de su monto. Y no faltará quien afirme que con la citada renuncia se abaraten a la mitad los despidos que se dicten.

La propuesta es siniestra: de ahora en adelante, por “solidaridad”, el trabajador y su familia comerían la mitad, emplearían sus restantes recursos a mal vestirse y abandonarían las actividades recreativas elementales que demanden dinero. Con razón el plan se llama escudo, solo que le faltó el adjetivo adecuado, pues se trata de un escudo humano formado por los asalariados, chivos expiatorios del insaciable y desenfrenado capitalismo a quienes se les trasmuta de víctimas a victimarios.

En la propuesta del 1÷2 el asalariado percibe la mitad de su salario (Escudo 1), mientras que en la de la “modernización”, debería regalar al patrono las remuneraciones adicionales de hasta cuatro horas extraordinarias por día (Escudo 2).

Por dondequiera que se vea, ese Plan es un corrosivo escudo humano. Lo que no se ha dicho es cuánto podría durar la versión 1 para luego pasar a la 2.

Talvez eso se discuta un día de estos en un lujoso restaurante, con furtivo descorche de champán…


Tomado de:

http://www.tribunademocratica.com/2009/02/homeopatia_politica_y_escudo_humano.html

Carta abierta a Carlos Slim

¡Muy cierto! En Mexico tenemos el costo telefónico más caro del mundo.

Por Denise Dresser, académica y periodista mexicana, especialista en ciencia política, profesora en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) donde ha impartido cursos de política comparada, economía política y política mexicana desde 1991.

Estimado Ingeniero:

Le escribo este texto como ciudadana. Como consumidora. Como mexicana preocupada por el destino de mi país y por el papel que usted juega en su presente y en su futuro. He leído con detenimiento las palabras que pronunció en el foro Qué hacer para crecer y he reflexionado sobre sus implicaciones.

Su postura en torno a diversos temas me recordó aquella famosa frase atribuida al presidente de la compañía automotriz General Motors, quien dijo: “Lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos”. Y creo que usted piensa algo similar: Lo que es bueno para Carlos Slim, para Telmex, para Telcel, para el Grupo Carso, es bueno para México. Pero no es así. Usted se percibe como solución cuando se ha vuelto parte del problema; usted se percibe como estadista con la capacidad de diagnosticar los males del país cuando ha contribuido a producirlos; usted se ve como salvador indispensable cuando se ha convertido en bloqueador criticable.

De allí las contradicciones, las lagunas y las distorsiones que plagaron su discurso, y menciono las más notables: -Usted dice que es necesario pasar de una sociedad urbana e industrial a una sociedad terciaria, de servicios, tecnológica, de conocimiento. Es cierto. Pero en México ese tránsito se vuelve difícil en la medida en que los costos de las telecomunicaciones son tan altos, la telefonía es tan cara y la penetración de internet de banda ancha es tan baja.

Eso es el resultado del predominio que usted y sus empresas tienen en el mercado. En pocas palabras, en el discurso propone algo que en la práctica se dedica a obstaculizar. -Usted subraya el imperativo de fomentar la productividad y la competencia, pero a lo largo de los años se ha amparado en los tribunales ante esfuerzos regulatorios que buscan precisamente eso.

Aplaude la competencia, pero siempre y cuando no se promueva en su sector. -Usted dice que no hay que preocuparse por el crecimiento del Producto Interno Bruto; que lo más importante es cuidar el empleo que personas como usted proveen.

Pero es precisamente la falta de crecimiento económico lo que explica la baja generación de empleos en México desde hace años. Y la falta de crecimiento está directamente vinculada con la persistencia de prácticas anticompetitivas que personas como usted justifican. -Usted manda el mensaje de que la inversión extranjera debe ser vista con temor, con ambivalencia. Dice que “las empresas modernas son los viejos ejércitos. Los ejércitos conquistaban territorios y cobraban tributos”. Dice que ojalá no entremos a una etapa de Sell Mexico a los inversionistas extranjeros, y cabildea para que no se permita la inversión extranjera en telefonía fija.

Pero al mismo tiempo usted, como inversionista extranjero en Estados Unidos, acaba de invertir millones de dólares en The New York Times, en las tiendas Saks, en Citigroup. Desde su perspectiva incongruente, la inversión extranjera se vale y debe ser aplaudida cuando usted la encabeza en otro país, pero debe ser rechazada en México. -Usted reitera que “necesitamos ser competitivos en esta sociedad del conocimiento y necesitamos competencia; estoy de acuerdo con la competencia”. Pero al mismo tiempo, en días recientes, ha manifestado su abierta oposición a un esfuerzo por fomentarla, descalificando, por ejemplo, el Plan de Interconexión que busca una cancha más pareja de juego. -Usted dice que es indispensable impulsar a las pequeñas y medianas empresas, pero a la vez su empresa -Telmex- las somete a costos de telecomunicaciones que retrasan su crecimiento y expansión.

-Usted dice que la clase media se ha achicado, que “la gente no tiene ingreso”, que debe haber una mejor distribución del ingreso. El diagnóstico es correcto, pero sorprende la falta de entendimiento sobre cómo usted mismo contribuye a esa situación.

El presidente de la Comisión Federal de Competencia lo explica con gran claridad: Los consumidores gastan 40% más de lo que debieran por la falta de competencia en sectores como las telecomunicaciones. Y el precio más alto lo pagan los pobres. -Usted sugiere que las razones principales del rezago de México residen en el gobierno: la ineficiencia de la burocracia gubernamental, la corrupción, la infraestructura inadecuada, la falta de acceso al financiamiento, el crimen, los monopolios públicos.

Sin duda todo ello contribuye a la falta de competitividad. Pero los monopolios privados como el suyo también lo hacen. -Usted habla de la necesidad de “revisar un modelo económico impuesto como dogma ideológico” que ha producido crecimiento mediocre.

Pero precisamente ese modelo -de insuficiencia regulatoria y colusión gubernamental- es el que ha permitido a personas como usted acumular la fortuna que tiene hoy, valuada en 59 mil millones de dólares. Desde su punto de vista el modelo está mal, pero no hay que cambiarlo en cuanto a su forma particular de acumular riqueza.

La revisión puntual de sus palabras y de su actuación durante más de una década revela entonces un serio problema: Hay una brecha entre la percepción que usted tiene de sí mismo y el impacto nocivo de su actuación; hay una contradicción entre lo que propone y su forma de proceder; padece una miopía que lo lleva a ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. Usted se ve como un gran hombre con grandes ideas que merecen ser escuchadas. Pero ese día ante los diputados, ante los senadores, ante la opinión pública, usted no habló de las grandes inversiones que iba a hacer, de los fantásticos proyectos de infraestructura que iba a promover, del empleo que iba a crear, del compromiso social ante la crisis que iba a asumir, de las características del nuevo modelo económico que apoyaría.

En lugar de ello nos amenazó. Nos dijo -palabras más, palabras menos- que la situación económica se pondría peor y que ante ello nadie debía tocarlo, regularlo, cuestionarlo, obligarlo a competir. Y como al día siguiente el gobierno publicó el Plan de Interconexión telefónica que buscaría hacerlo, usted en respuesta anunció que Telmex recortaría sus planes de inversión. Se mostró de cuerpo entero como alguien dispuesto a hacerle daño a México si no consigue lo que quiere, cuando quiere.

Tuvo la oportunidad de crecer y en lugar de ello se encogió. Sin duda usted tiene derecho a promover sus intereses, pero el problema es que lo hace a costa del país.

Tiene derecho a expresar sus ideas, pero dado su comportamiento es difícil verlo como un actor altruista y desinteresado que sólo busca el desarrollo de México. Usted sin duda posee un talento singular y loable: sabe cuándo, cómo y dónde invertir. Pero también despliega otra característica menos atractiva: sabe cuándo, cómo y dónde presionar y chantajear a los legisladores, a los reguladores, a los medios, a los jueces, a los periodistas, a la inteligensia de izquierda, a los que se dejan guiar por un nacionalismo mal entendido y aceptan la expoliación de un mexicano porque -por lo menos- no es extranjero.

Probablemente usted va a descalificar esta carta de mil maneras, como descalifica las críticas de otros.

Dirá que soy de las que envidian su fortuna, o tienen algún problema personal, o una resentida. Pero no es así.

Escribo con la molestia compartida por millones de mexicanos cansados de las cuentas exorbitantes que pagan; cansados de los contratos leoninos que firman; cansados de las rentas que transfieren; cansados de las empresas rapaces que padecen; cansados de los funcionarios que de vez en cuando critican a los monopolios pero hacen poco para desmantelarlos. Escribo con tristeza, con frustración, con la desilusión que produce presenciar la conducta de alguien que podría ser mejor. Que podría dedicarse a innovar en vez de bloquear. Que podría competir exitosamente pero prefiere ampararse constantemente.

Que podría darle mucho de vuelta al país pero opta por seguirlo ordeñando. Que podría convertirse en el filántropo más influyente pero insiste en ser el plutócrata más insensible. John F. Kennedy decía que las grandes crisis producen grandes hombres. Lástima que, en este momento crítico para México, usted se empeña en demostrarnos que no aspira a ser uno de ellos.


Tomado de:

http://www.tribunademocratica.com/2009/02/carta_abierta_a_carlos_slim.html

miércoles, 4 de febrero de 2009

Nada tan lastimero

En este comentario del 23 de febrero del 2008, el abogado Christian Hess Araya aborda una temática que, hasta donde entiendo, llevaría a Costa Rica a la Modernidad, dejando de lado ideas trasnochadas de la Edad Media.

  • No hay nada tan poderoso como una idea cuyo tiempo ha llegado
En La Nación del 1.° de diciembre del 2007 , propuse una reforma al artículo 75 de la Constitución Política. Sugerí esta redacción: “Toda persona es libre de profesar un credo religioso compatible con los derechos humanos, o bien de no profesar ninguno. El Estado velará por el respeto de esa elección, así como de la libertad de practicar actos de culto individualmente o en grupo, conforme a la ley, siempre que se respete el orden público y los derechos de terceros. El Estado, sus instituciones y los funcionarios públicos –cuando actúen en calidad de tales– no podrán emitir actos o normas, destinar ninguna clase de recursos, manifestarse públicamente o realizar otras conductas que impliquen tomar partido a favor de un credo religioso en particular”.

Igualdad, respeto y tolerancia para todos. Neutralidad estatal en materia religiosa. ¿Qué persona con sentido común podría estar en contra?

Pero dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos. Desde estas mismas páginas se ha escrito en defensa del statu quo y de la posición privilegiada que el texto actual confiere a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Para ello se usan argumentos que van desde lo sutilmente falaz hasta lo palmariamente absurdo.

Hechos contrastantes. Por ejemplo, se dice que la secularización del Estado conduce de modo fatal a que la sociedad extravíe su norte moral y caiga en el “todo se vale”. Para desmentirlo, basta con mirar hacia Suecia o Dinamarca, donde más del 80% de la población es religiosamente indiferente, si no abiertamente atea y, sin embargo, se ubica una y otra vez en los primeros lugares del mundo en sus índices de desarrollo humano, civilidad y transparencia. En contraste, países con Estados confesionales y de población altamente religiosa –cercanos al nuestro, incluso– se sumen en la pobreza, la corrupción y la violencia social. El argumento cae con facilidad. Ninguna teoría vale contra la evidencia.

Se dice también que la reforma propuesta atenta contra nuestras raíces históricas, como si el apego irracional al pasado fuese una especie de virtud. Pero, evidentemente, quienes afirman eso no saben leer los signos de los tiempos: la Costa Rica de hoy ya no es la del pasado. Hay un claro desajuste entre la sociedad actual y la ideología del artículo 75. El reportaje del 27 de enero pasado sobre la caída en el número de matrimonios vs las uniones libres; las estadísticas sobre divorcios y actitudes frente a la planificación familiar y otros muchos datos dejan en claro que hoy ni siquiera la mayoría de los católicos confesos se toman en serio ciertas enseñanzas eclesiásticas. Increíblemente, algunos creen que unas letras en el papel servirán para tapar el sol con un dedo y detener una transformación social ya consumada. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Privilegio odioso. Pero lean otra vez mi propuesta. Comprobarán que no está dirigida contra el catolicismo ni, mucho menos, contra las muchas personas que, al amparo de su fe, todos los días hacen grandes cosas por sus familias y por el país. Va dirigida contra una discriminación manifiesta e indefendible. Por eso, tengo la esperanza de que encuentre eco incluso entre católicos razonables, que se dan cuenta de que no hay argumento racional alguno que permita sostener un privilegio odioso.

Por desgracia, algunas regiones del mundo involucionan hacia una nueva Edad Media, caracterizada por oscurantismos religiosos de distintos signos, que empujan a guerras que no se pelearán con espadas, sino con armas informáticas y nucleares. Costa Rica puede y debe sembrar paz, que en verdad se logra por medio de la libertad, la igualdad y el respeto dentro de la ley. Es una simple cuestión de derechos humanos.

No se trata de si el artículo 75 va a cambiar o no, sino de cuándo. No hay nada tan poderoso como una idea cuyo tiempo ha llegado. Ni nada tan lastimero como una idea obsoleta y absurda que, con desesperación, ensaya artificios retóricos para negarse a morir.

martes, 3 de febrero de 2009

Peligros de la flexibilización laboral

En este artículo del señor don Jaime Ordóñez se presenta el temor hacia el denominado «Proyecto para Actualizar Jornadas de Trabajo Excepcionales y Resguardar los Derechos de los Trabajadores» que no termina de convencer a nadie, pues presenta claras ventajas para unos y evidentes desventajas para otros (al mejor estilo de esta Administración).

En medio de una crisis económica la única solución es invertir en las clases medias. Sólo así se puede salir adelante. Ya lo demostró Roosevelt en la espiral de la Gran Depresión de 1929 y 1930. Su solución fue invertir masivamente en educación, salud, infraestructura, fortalecer la seguridad social, solidificar el derecho al trabajo. Hacer todo lo posible por garantizar puestos de trabajo justo, garantizando los derechos laborales mínimos. Invertir en la población y en sus capacidades sociales.

Esto es importante por dos razones. La primera razón es ética y democrática: las clases medias son el colchón de la gobernabilidad. Si la mayoría de la población goza de bienes y servicios, hay paz social Sin clases medias no hay equidad y nace el conflicto. La segunda razón es práctica y económica: al deprimirse las clases medias, disminuye la demanda. La gente tiene menos dinero para comprar cosas. Al contraerse la demanda, sufre la oferta, se deprime el mercado, sufren los empresarios y la economía en su conjunto. En consecuencia, invertir en la clase media es un buen negocio para todo el mundo. Para la democracia, para la equidad social y para la totalidad del país. Incluso es un buen negocio para los empresarios.

Escribo lo anterior porque, en el contexto de la presente crisis, no podemos caer en la trampa de un pequeño sector empresarial (no la mayoría, desde luego) que quiere invocar razones de emergencia y optar por una flexibilización laboral que erosione derechos del trabajo consolidados desde la década de 1940, incluidos en nuestro Código de Trabajo y que forman parte de las Garantías Sociales promovidas en su día por Calderón Guardia, Mora y Sanabria —y después apoyadas plenamente—- por Figueres Ferrer, las cuales son consustanciales al pacto social de los últimos 70 años de vida republicana. Sería retroceder a la Costa Rica de 1930. Gran parte de la paz social que este país ha vivido en el último medio siglo —- y de la cual hemos gozado todos, incluido nuestros sectores empresariales— es la dignificación del trabajo en la sociedad. Eso es lo que nos ha diferenciado de la violencia social de otros países de América Central. ¿Y adónde quieren sus empresas?, le preguntaría yo a esos empresarios. ¿Aquí en Costa Rica, o en la convulsionada Nicaragua, o en la violenta Guatemala?, países que no gozan de la mayoría de esos derechos. A las pruebas me remito.

El argumento de que estamos en una situación de crisis y que —para garantizar que no habrá despidos—- hay que eliminar pisos mínimos laborales y sociales es una falacia y una trampa. Sería desarmar un elemento básico del pacto social. Inclusive, me atrevo a afirmar: es preferible que el desempleo crezca algunos puntos, a que todo el sistema laboral elimine sus garantías y derechos, y entremos en pleno ¨canibalismo laboral¨. Lo primero es reversible, cuando lo economía mejore. Lo segundo será irreversible. Ya lo dijo recientemente en la CEPAL el director mundial del OIT, Juan Somavía. En un momento de crisis, hacer pagar al trabajo para salvar al sector económico, es un error suicida. Es una bomba de tiempo para la equidad social y la democracia.

Ojala el Gobierno de la República no ceda en esto. La reciente medida de los 4 días es razonable. Pero las que pretende algún sector empresarial son gravísimas. Es no entender la Costa Rica del último medio siglo, ni, curiosamente, tampoco entender sus propios intereses.

Esperemos que don Chico Morales haga valer sus antiguas credenciales socialdemócratas dentro del PLN. Y que el PUSC, después de sus fatídicos últimos 3 años, al menos en esto le haga honor a la conciencia social de su patriarca.

Odio no

Este es un texto de la autora nacional Anacristina Rossi donde comparte su sentimiento hacia el presidente. Me parece importante porque define de manera muy precisa el sentir de muchos costarricenses quienes, al igual que ella, estamos hartos de semejante bufón.

Parece que algunas personas piensan que yo odio al Presidente de la República. Los que así opinan no saben distinguir entre el odio y la justa y santa indignación.

Mencionar todas las razones de mi indignación tomaría el espacio del suplemento entero. Pero como algunos viven en la luna, daré unos ejemplos. Estoy indignada porque: su gobierno trabaja para la concentración de la riqueza y el aumento de la desigualdad, cuando él sabe muy bien que eso genera delincuencia y violencia social y que la desigualdad y la concentración de la riqueza hicieron de los demás países centroamericanos el actual infierno. Claro, él y sus adláteres se protegen tras los vidrios polarizados de sus 4X4, tras sus inmensas tapias electrificadas y con sus guardaespaldas. Para colmo, si algo en su gobierno no les sale como quieren, desvían los fondos de los pobres para pagarse jugosas consultorías, o contratan ¡con fondos públicos! una ministra de la imagen. Qué cinismo.

Su gobierno nos impuso el TLC mediante las mafiosas técnicas del Memorando Casas Sánchez: chantaje, mentiras, manipulación mediática, cizaña, etc. Un TLC que entre otras cosas nos arrebata la soberanía jurídica y alimentaria, haciéndonos más vulnerables en la crisis mundial.

Su gobierno no sabe o no quiere saber que la clave de la paz social y la prosperidad es la distribución de la riqueza. ¿Puede alguien con cerebro ignorar esta verdad?

Su gobierno prefiere quemar a las mujeres con cobalto y pagar millones a las clínicas privadas antes que hacer el esfuerzo de modernizar los equipos y servicios de la CCSS.

Su gobierno, sabiendo que nuestro país es sísmico y frágil, agrede la naturaleza con los proyectos agrícolas, mineros y marinos más devastadores de la historia.

Su gobierno, como muchos anteriores, no cesa de reducir la esfera de lo público y de apropiarse de lo que es de todos: los ríos para generar electricidad, el ICE para beneficiar a las telefónicas privadas, los acuíferos para beneficiar a urbanizadores y hoteleros, etc. etc.

Esas son razones suficientes para sentir enorme indignación. Pero no odio. Para poder odiar tiene que haber afrenta personal y en mi caso no la hay.

Al contrario. Hace muchísimos años, Arias intentó tener alguna comunicación conmigo. No resultó. Pero siempre guardaré la imagen del ex presidente que, con la cara muy roja por alguna dolencia de la edad, vino todo entusiasmado a sentarse de primero y en primera fila cuando la presentación de un libro mío.

Eso fue antes. Ahora es de nuevo Presidente y como tal, toda acción suya que afecte al país trasciende el ámbito privado. Por lo tanto, lo que muchísimos sentimos es indignación, justa y pública.

Porque ¿cuántas décadas de inteligencia, rectitud y sabias inversiones sociales se necesitarán para erradicar la delincuencia, la violencia, y la destrucción de la naturaleza y del tejido social que la codicia y la falta de cerebro provocaron?

Nadie sabe.